El suelo está frío. Mi cuerpo descansa sobre él temblando en pequeños espasmos, mientras las lágrimas me erizan la piel y me nublan la vista. No sé qué hago aquí, no recuerdo nada. Levanto la cabeza lentamente y miro a mi alrededor: una sala cuadrada, grande, vacía y húmeda. Estoy tumbada en el centro, de lado, con los brazos alrededor de las rodillas y la cara pegada a las grietas del suelo. Oigo una puerta abrirse y unos pasos que se dirigen hacia mí. La luz se enciende, pero mis ojos están tan acostumbrados a la oscuridad que mi primera reacción es cerrarlos hasta hacerme daño. Unas manos se deslizan lentamente por mi cuerpo, para levantarme, y mi instinto me dice que me agarre fuerte, que me deje llevar. Entierro la cara en el cuello de su camisa y sólo me sale decir:
-Apaga las luces, llévame a casa...
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